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1 año en pandemia

¿Qué sucedería si todos tuvieramos durante un año que enfrentarnos a nosotros mismos?

¿Qué sucedería si tuvieramos que poner en la balanza lo que es realmente importante?

365 días en aislamiento social. 365 días, sus horas y minutos para dejar de mirar hacia afuera y mirar hacia adentro.

Este espejo que ha sido la pandemia, es como un accidente de auto, de esos que nadie ve venir, de pronto estábamos ya en la mitad de la colisión, las piezas de nuestras vidas volando, caemos, y luego antes de que podamos hacer sentido de nada, un nuevo choque, y así durante incontables días.

1 año en pandemia, mi cuerpo no es el mismo, mi cabello adelgazó, se cayó, volvió a crecer, perdí peso, lo gané, lo volví a perder. Mis músculos se fortalecieron, mis pulmones se sienten más sanos. Me duele todo a veces, y no sé porque.

La vida antes de la pandemia ya no existe, los planes, los sueños, todo ha quedado postergado, cancelado. Nos ha quedado este silencio dentro de las paredes de nuestras casas, las fiestas que ya no serán, los abrazos que tenemos que imaginar a través de videollamadas.

Aprendimos a encajar nuestra vida dentro de nuestros hogares, que se volvieron prisiones y santuarios, refugios para unos, lugares peligrosos para otros. Nos vimos claros en nuestros privilegios, porque quedarse en casa en medio de una pandemia es un privilegio.

El mundo de afuera parece que sigue igual, los pájaros siguen cantando, el sol sale y se oculta, en los peores días las calles estuvieron vacías, en otros momentos el movimiento volvía a la ciudad.

De pronto vivir lejos de mi familia se volvió intolerable, la paranoia me empezó a carcomer los rincones más luminosos de mi alma, hasta que solo quedo un vacío y una tristeza tan vasta que no alcanzaba a ver el final.

He sonreído poco, he pasado horas mirando el blanco del techo de mi habitación, intentando procesar la incertidumbre, intentando que mis ojos no se sequen frente a una pantalla.

La casa se lleno de plantas: suculenta, lima-limón, bugavilla, montsera, horquídea, cáctus, nochebuena. Los perros fueron felices, los paseos diarios se volvieron un paréntesis para salir de casa. A veces conversar con otros paseadores de perros, a veces sentarnos sobre el pasto húmedo y mirar las estrellas.

El roomate se convirtió en todo el universo, nos conocimos más, nos reconocimos en nuestros miedos y en nuestros sueños. Nos abrazamos en la cama y nos apretamos tanto para no dejar que la soledad se colara.

No pasa nada, pero la vida ha continuado, descubrí que soy más que mi título, mire honestamente a mi vida, descubrí que lo que tanto quería venía de un lugar de baja autoestima, que había buscado durante demasiado tiempo las respuestas afuera, cuando todo estaba en mi interior.

Empecé a preguntarme el sentido de los últimos 10 años. Encontré a la niña perdida, encontré de nuevo esa sensibilidad que había enterrado. Dejé de empujarme a los límites, y bajé las armas. Dejé de pelear y empecé a confiar.

Me abracé a los pequeños milagros de la existencia, y la calma llegó como llega un amigo al que no has visto en mucho tiempo. Respiré, medité y le di pausa a mis pensamientos.

Un año en pandemia para entender que la relación más importante es la que tengo conmigo misma, que mi potencial está intacto, que mis sueños siguen vivos, que los pensamientos destruyen más rápido que cualquier virus. Un año para unir el corazón y la mente, el conocimiento y la intuición, para escuchar mi sabiduría interna.

He recogido las piezas de mi vida, y celebro hoy que sigo aquí.

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Desvestir el alma

¿Alguna vez has tenido una conversación con alguien y te has sentido conectado, como si esta persona te viera? y no solo en el sentido de la vista, sino en el sentido de entenderte como persona, mirar más allá de las apariencias, más allá de tus inseguridades. ¿Has sentido alguna vez que alguien puede ver quien eres realmente?

No hay mucha gente que me haya hecho sentir así, de hecho creo que podría contarlas con los dedos de la mano. A veces esa sensación es algo que se desarrolla, pero la mayor parte de las veces es casi instantáneo.

Ser realmente visto por otro ser humanos, tiene que ser una de las cosas más especiales porque sabemos que aunque intentemos ocultarnos no podremos, porque esa otra persona sabe, de alguna forma, cuando estamos siendo auténticos y cuando no.

He pensado mucho en esto y como por alguna razón, parece que yo le he hecho sentir esto a algunas personas, más de una vez me han dicho, no se porque pero siento que puedo contarte esto, o tienes algo que me hace confiar en ti, aunque yo se que nos conocemos poco.

Desde niña fui muy sensible, también era una niña entre extrovertida e introvertida. Disfruto mucho la compañía de la gente, y tal vez la vida de gitana me hizo aprender a escuchar y adaptarme, solo sé que si he notado esta cualidad de poder ver a la gente, no a todos claro, y no siempre.

Tal vez empezó cuando empecé a retratar a mujeres, mi maestra fue la maravillosa Sue Bryce, tomé todos sus cursos de Creative Live y de ella aprendí que para hacer un retrato a veces necesitamos ver la belleza que ni los mismos clientes ven.

Empecé a entrenar mis ojos (y tal vez mi espíritu) para poder contar en un fotograma la historia de una persona. La gente ha llorado frente a mi cámara, la gente se muere de la pena, se muere de la risa, quieren esconderse, pero finalmente se rinden, finalmente se abren, y me muestran aunque sea por un segundo su verdadero yo. Es una experiencia hermosa.

Hoy pienso si tal vez no debería hacer algo con esta cualidad que poseo, este entrenamiento en mirar a la gente. Esa misma magia de un retrato llevarla a otro nivel….

¿Y tú has sentido que alguien te haya desvestido el alma?

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Formas de vivir en un país violento

En las últimas semanas han pasado tantas cosas, algunas muy buenas, tanto que a veces me sorprende que sea mi vida, otras que me hacen preguntarme que demonios estaba pensando.

Hace poco tuve una conversación poco placentera con alguien sobre la violencia en México, estaba nerviosa por algunos sucesos reciente en Guadalajara, y me sentía vulnerable. Cuando iba para mi casa me sentí como si algo se me hubiera muerto por dentro, la esperanza de que vería un México mejor, si no libre de violencia, con menos impunidad. Pero escuchar de alguien que debería de estar sensibilizada con la violencia decirme “ah si los narcos”, como si nada fue como un puñetazo en el estómago.

Nunca puedo hablar de este tema con mis amigos mexicanos, cada vez que toco el tema, por alguna razón hay una sensación de que estamos hablando de algo tabú, es un tema incómodo. Nadie quiere admitir el elefante en el cuarto, que vivir en México es un laberinto en el que nunca sabes en quién confiar. Las pocas personas que han podido hablar conmigo abiertamente del tema me han dicho que se irían del país (y que sí podía irme que me fuera).

Verónica Calderón periodista mexicana dijo algo sobre el coronavirus que me pareció describía muy bien como me siento viviendo en México.

“La mezcla de desamparo, indignación, desconcierto, angustia, cansancio, tristeza y algo de esperanza de todos los días es muy difícil de definir.”

Ella hablaba del Coronavirus, pero para mi va más allá del virus.

Vine a México con tantos sueños, con tantas ganas de conocer mi país, a esta cultura que aprendí de forma remota, tenía tantas ganas de conocer a esa familia lejana, de visitar el pueblo de la niñez de mi mamá. Quería visitar la casa de la familia en Chicontepec, Veracruz. Quería hacer cine con toda la gente creativa increíble, quería ser más mexicana.

Hoy ya no sé que hago aquí, hay días en que no quiero salir de casa, y no es por la pandemia, hay momentos en que camino por la calle, escucho un ruido y mi corazón se para pensando que son balazos. Veo a la gente vivir su vida como si nada sucediera y no entiendo que sucede, porque no hacemos nada. Yo no hago nada.

Tal vez siento como ellos que no puedo hacer nada, tal vez tienen miedo de la represión del gobierno o de cualquier otro grupo que vea amenazados sus intereses; la gente desaparece en este país y nadie hace nada, ¿qué pasaría si yo salgo a protestar y no regreso? No pasaría nada. Sería una estadística más que a nadie le duele.

Vemos a los familiares de las víctimas de la violencia por las calles protestando con un cartel que lleva la foto de esa persona que perdieron y por un momento recordamos que las cosas no están bien, pero es demasiado doloroso, y simplemente los olvidamos.

Los enterramos con todas las otras tragedias del mundo y nos convencemos de que andaban en malos pasos, que eran personas malas o que simplemente les tocaba.

Hay gente en la Ciudad de México se queja porque hay otra marcha y llegarán tarde a casa o al trabajo, como si pensaran que sus protestas son poco válidas.

Por mi parte he llegado a la conclusión de que vivir en México tiene cada vez menos sentido porque yo no quiero también normalizar la violencia, no quiero que me deje de doler.

Me pasé días leyendo sobre este tema, y aunque se ha estudiado poco empezamos a ver que si hay efectos para la población en general de vivir en esta situación.

Aún así salgo a pasear a mis perros y me digo que tal vez las cosas no están tan mal (el país sigue funcionando no?) y pretendo (como buena mexicana tal vez) que yo sí estoy segura.

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Tengo la vida

Tanto planear, tanto planear y la vida solo sucede, no es posible a veces anticipar ni siquiera las próximas dos semanas. 

Este es un comportamiento atípico me dicen, pero no es todo ya atípico y no deberíamos de estar más acostumbrados a eso, aunque a quien estamos engañando, siempre ha sido así, tenemos un sentido de normalidad que cada quien ve de una forma diferente, la diferencia, la más clara es que habían ciertas construcciones sociales que nos dan paz, el calendario, la semana laboral, los días festivos, el horario de oficina, el horario de verano y el de invierno. Nada nos da seguridad real, solo dicta lo que debemos de hacer, pero de pronto nada de eso importa porque todos estamos en nuestros barcos navegando a la deriva y nos toca ponerle norte, o sur o lo que sea…. 

De pronto podemos diseñar nuestros días, nuestras horas, todos los días pueden ser una oportunidad para explorar una nueva versión de nosotros mismos, y eso asusta. 

No sé quien soy. 

Sé que existo, y en lugar de ponerme metas, pongo deseos en el universo y despierto todos los días sin saber si tendré que reinventarme una vez más. 

Cuando te quitan los títulos, cuando tu trabajo no te define, cuando las obligaciones familiares desaparecen y las amistades quedan en pausa, ¿quién eres?

Tal vez soy solo un ser humano experimentando esta realidad, me centro en la sensación de la alfombra bajo mis pies mientras miro el amanecer, la vida se vuelve acariciar el cabello de mi esposo en la luz tenue de la mañana, se vuelve una búsqueda por algo que me haga sentir viva, un café caliente, pero no demasiado, para poder dormir, porque concebir el sueño se ha vuelto difícil. 

Despertarse y continuar a veces es tan dificil. A veces quiero que alguien me diga que lo que sea que estoy haciendo es para algo, que algo tiene sentido. 

Nada tiene sentido. 

Pero tengo una canción en mis oídos que me hace bailar, tengo las llamadas con mi mamá, tengo mis manos para pintar, tengo mis ojos que pueden distinguir los colores del atardecer, tengo las paradas de manos para sentirme libre, tengo el sonido de mi respiración que se parece al oceano. 

Tengo la vida. 

Estoy intentando vivirla, lo mejor que puedo aunque a veces duele, aunque a veces no sé lo que estoy haciendo. 

La mita del tiempo solo estoy adivinando que hacer. 

Sueños con un día lograr algo, ser algo, aunque ya no sé ni que. 

¿Para que vives? 

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Sueños de otro tiempo

Cuando empezó este año lo tenía clarísimo, tenía un plan para finalmente meterme de lleno en la industria del cine y darme la oportunidad de ir detrás de ese sueño de una vez por todas con todas las de la ley. No más ser tímidamente guionista, no más esconderme detrás de otro trabajo. No, este iba a ser mi año de cineasta.

Bueno todos sabemos que la historia de este 2020 no terminó como hubiéramos querido, de hecho ni siquiera llegamos al primer trimestre y ya todo se había derrumbado.

A finales de este año en contraste no tengo idea de cual es ese sueño que estoy siguiendo, más bien ahora solo tengo una filosofía de vida a la que he llegado después de meses de intentar controlar algo y darme cuenta que no puedo planear ni dos semanas.

Esta filosofía de vida se basa en 3 cosas:

  1. Haz lo que se siente bien.
  2. Me merezco estar bien y tener lo que deseo.
  3. Estar contenta con el presente está bien y no necesito ser más. Soy suficiente ya.

Estos 3 puntos estoy segura aparecen en miles de libros de autoayuda, y el internet está lleno de frases, citas e información para llegar a la iluminación. Sin embargo también está llena de una mentalidad de trabaja duro y lograrás el éxito, o solo necesitas tomar acción para ver resultados, etc.

Volviendo a inicios del año, mi año del cine se vino abajo en marzo, una semana antes de participar por primera vez con mi pase de industria en el Festival de Cine de Guadalajara.

Después de pasar meses frustrada por no poder avanzar con ninguno de los planes que había hecho, este mes pensando en planear mi 2021 me di cuenta que no tenía nada de ganas de regresar a los mismos proyectos, de intentar resetear el 2020 y volverlo a intentar en el 2021.

Todo ha cambiado demasiado, yo he cambiado. Me pregunté si se sentía bien ir por esos proyectos, y la respuesta fue un tímido no. Ok, no es que no quiera contar historias, no es que no me guste la idea de hacer cine, pero simplemente no tengo la energía para ir por esa ballena blanca.

Una ballena blanca, boom, si, hacer cine ha sido mi ballena blanca, pero y aquí es cuando se pone interesante la cosa, a la vez no. Por primera vez desde que hace 15 años me propuse hacer cine, me di a la tarea de analizar lo que estaba persiguiendo con tanto empeño.

Me di cuenta que mi idea de tener éxito era totalmente imprecisa, claro tenía esta noción de que iba a hacer películas y contar historias, pero que iba a definir que fuera exitosa o no, era algo que no había definido.

Cuando empecé a estudiar cine, la meta era obvia, terminar la carrera, después de eso fue encontrar un trabajo en la industria, pero los años pasaron y no encontré nunca ese trabajo deseado, encontré trabajos, pero ninguno que llenara mis ansias creativas, y emprendí un camino de hacer cine de forma independiente.

Entonces empecé a escribir mis propios guiones, y a producirlos, abrí un canal de Youtube, vendí mis guiones, trabaje produciendo, y si hice mi primer cortometraje como directora y guionista y lo mostré a un público nada despreciable.

Nada de estos logros parecían importar a inicios de este año, ante mis ojos nada de eso contaba, ¿por qué? Porque no tenía una meta clara. Probablemente haberme detenido fue una bendición, de otra forma tal vez hubiera seguido el camino, me hubiera empujado, cada vez más, sin saber exactamente a donde iba, buscando entrar a festivales, obtener financiamiento, producir proyectos más grandes y más grandes, mientras tanto siempre hubiera estado haciendo “muy poco”, o nunca hubiera sido suficiente en mi mente.

Sé que una gran parte de mi simplemente quería ser aceptada como parte de la industria, pero ni siquiera ahora sé que significa eso. ¿Significa premios en festivales, o una cantidad de producciones a mi nombre, o simplemente que la gente viera mis creaciones?

Cuando deje ir ese sueño, me sentí triste, pero estoy tan exhausta de empujarme al limite todo el tiempo, que la verdad estaba también aliviada.

Ahora miro el futuro, y sé que tengo un emprendimiento que quiero sacar adelante, y quiero continuar entrevistando mujeres increíbles y creativas para Youtube.

Me cuesta pensar que este es el fin de mi historia haciendo cine, pero honestamente ya no me importa a donde vaya, si se detiene un año o 20 o si queda como algo que me enseño mucho de la vida.

Lo importante ahora es disfrutar la vida, no más sacrificar hoy para después disfrutar. Tal vez la lección más importante de este año es que la vida es hoy y ahora y hay que disfrutarla lo mejor que podamos.

Desde el satélite de Venus, cambio y fuera.

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Liberarse de lo superfluo

Sientes que estas harto de todo, harto de las pantallas, de ir al mismo lugar, ver a los mismos convivientes (aunque los amas con locura), harto de sentirte que vives el mismo maldito día todos los días y nada sucede.

Si así me he sentido, y lastimosamente la falta de cosas por las que emocionarse últimamente me han llevado a consumir demasiado de lo que hay disponible, televisión, redes sociales, libros, comida, y sí, lo que pueda comprar en línea.

Pero esto me ha dejado con un vacío, de otro tipo, un vacío de propósito, y ahora necesito hacer borrón y cuenta nueva, desintoxicarme digitalmente, mentalmente, dejar de consumir, tanto.

Claramente no voy a dejar de comprar comida, y acabo de pedir cortadores para galletas navideñas (si eres amigo mío espera galletas de regalo navideño) pero tengo esta necesidad de deshacerme de todo lo que no me haga feliz. Hacerle al estilo de vida Marie Kondo, y solo quedarme con aquello que me haga feliz, que me haga sentir viva, y puedo asegurarles que son pocas las cosas que me hacen sentir así ahora.

Tengo ganas de no comprar cosas superfluas, tengo ganas de comer solo cosas que me hagan sentir ligera y vital, quiero sentirme viva otra vez, quiero sentir que aunque no parece que pasa nada, yo estoy viva.

Por ahora no puedo decir que me emociona el 2021, me da ansiedad mirar al futuro, y me da aburrimiento pensar en otro año como este….

Supongo que nos queda buscar nuevas formas de vida, de compartir y estar cerca, de a pesar de todo estar ahí los unos para los otros.

Tengo un vacío de abrazos y de besos, de risas compartidas, este año no he reído lo suficiente. Tengo un vacío que no logro llenar con nada más que con la voz de mi mamá.

¿Qué nos queda?

Nos quedan nuestros sueños, nos queda volverlos a abrazar, decirles que aunque este año estuvieron en pausa, si encontraremos una forma, tenemos que hacerlo.

El próximo año es el año de triunfar, lo sé. Tengo que creer en eso. Tengo que tener esperanza.

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El aire bajo mis alas, fluir con la energía.

No eres lo suficientemente buena, esta idea es demasiado grande para ti, ¿quién eres tu para atreverte a tanto?

Estaba paralizada, aterrada, quería tirar la toalla, la tire, apenas intentar, sentada frente a ese nuevo precipicio de una nueva vida, esa nueva vida requería que fuera valiente. La valentía me había dejado. Tantas cicatrices de mis caídas me recordaban amargamente que a veces la vida no es tan amable conmigo, pero a la vez aquí estaba de nuevo, al borde. Al borde no se puede uno andar con medias tintas. Hay que dar ese paso, o no darlo, solo hay dos opciones. Me veía en caída libre, sin paracaídas, y no quería una cicatriz más.

Pero este nuevo proyecto, esta idea, me estaba llamando, esta idea había nacido de años de cosechar cicatrices. Años de intentar y fallar, años de que no cuajaran las ideas. Esta idea, más grande que el mundo, esta idea se sentía inevitable, se siente, me corrijo, como parte de mi destino. Yo pensaba que estaba al borde del abismo, pero la verdad es que ya estaba en el aire, cayendo a miles de kilómetros, y alguien en mi oreja me decía estas lista, abre tus alas, confía en ti.

Entonces decidí ayer por la noche, que no importaba si había una próxima cicatriz, lo que importaba es a donde me llevará este camino, lo importante es darme la oportunidad de disfrutar la vista, de abrir mis alas y agarrar viento, dejar esta energía fluir y dejarme ser.

Decidí que hacer esto no era imposible para mi, era simplemente mi camino y mi destino, que yo era un canal que recibía esta inspiración y que tenía que honrarla, tenía que darme, dejarme, abrirme toda.

Después de meses de miedo paralizante, de mini ataques de pánico, de ansiedad y nudos en la boca del estómago, lo solté todo, porque no solo soy un flujo de energía, solo soy un instrumento, y me lo estoy haciendo demasiado difícil, cuando todo lo que necesito hacer es estar presente en el momento y aceptar que soy un canal que recibe.

Dejar de preocuparme por la calidad, y solo producir. Suspender el juicio.

Les digo a mis alumnos que lo único que pueden hacer mal es no intentar, que fallar es parte del proceso, pero que doloroso es a veces eso. Sin embargo no estoy fallando ahora, estoy triunfando, estoy triunfando y voy a disfrutar esta sensación de que por fin mis alas agarraron aire y tengo esta sensación de ser invencible, por lo menos hoy.

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Nos quedan las pequeñas cosas

Esta semana empecé a dar clases de un laboratorio de creatividad, concepto y estrategia, y mientras preparaba las clases pensaba en el poco valor que durante años le di a mi niña interior, a los intereses que tenía entonces, a las experiencias que había vivido. Quería que mis alumnos exploraran su propia historia.

¿Qué hace a una buena anécdota, una buena historia? Son los pequeños detalles, las texturas, el sonido del viento en el páramo, un cielo estrellado, sentarse en el parque con tus amigas y reír.

Son las pequeñas cosas las que hacen de la vida algo increíble, sé ahora que he hecho bien en gastar mi dinero en vivir, en explorar el mundo, en ir a conciertos, museos, en cosas que me ayuden a crear.

Cuando pienso en mi vida pienso en esos pequeños momentos en que me sentí viva. Recuerdo caminar con mi mamá, mi hermano y mis vecinos por caminos de tierra en el oriente en Ecuador y ver a mi mamá recoger piedrecitas bonitas. Recuerdo sentarme en el patio de mi casa y tomar café un domingo sin prisa. Recuerdo estar parada frente al arco lista para patear el penal en el parque de mi urbanización con mis amigos (todos hombres) y escuchar como me gritaban que no matará al portero (tenía reputación de pegarles con la pelota en lugares sensibles). Recuerdo estar acostada en el pasto con mis amigas y saber que esto era la amistad, poder acompañarnos, estar juntas y no tener siquiera que conversar. Recuerdo ir en biclicleta en Alemania a mi trabajo y sentir el viento mientras pedaleaba. Recuerdo mi nariz congelada por el frío del invierno y maravillarme con los árboles desnudos sin hojas. Recuerdo el olor de la ciudad de México, bajarme del avión y sentirme de vuelta en un lugar feliz.

La vida es esto que nos pasa ahora, es el sabor de la fruta madura, y el sudor cayendo por tu frente mientras haces ejercicio. Es sentarte frente a la tele y poner tu película favorita mientras comes algo que te encanta. Es mirarte en el espejo por la mañana y saber que tienes otro día más de vida.

No terminamos de apreciar las pequeñas cosas, esperando las cosas grandes, llegar a esas metas, olvidando saborear el momento, sentir intensamente ahora, porque las metas cambian, tu planeas y el universo hace lo que se le da la gana.

Al final las pequeñas cosas, son las cosas que hacen que la vida valga la pena vivir.

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Una nueva visión del termino cineasta

A pesar de todo el mundo sigue, a pesar de todo parece que sobreviviremos esta catástrofe, a pesar de todo. Aún así todo ha cambiado y nada será igual, han sido semanas extrañas, y de a poco parece que se hace algo de claridad. Quiero ser coherente con mi vida, tal vez ese es un valor importante para mí, quiero decirle a la gente que vayan por sus sueños, que confíen en sus instintos, y quiero poder hacer lo mismo. Quiero seguir a mi intuición a donde me lleve.

Hoy mi intuición me lleva por caminos poco transitados, en una ciudad que no termino de entender, pero que es ahora mi hogar, y vine aquí por esa loca idea, la loca idea que me persigue desde hace años de que puedo llevar mis historias al cine. Siendo el cine esta visión romántica de la vida, de hacer una cita con un amigo, con un posible amante, con tus compañeras de clase, de comer palomitas y compartir una historia, y reír o llorar, sentirse incómodos juntos.

El cine significa tantas cosas para mí, pero hoy los cines están cerrados, la gente está en sus casas, no podemos hacer citas, no podemos sentarnos codo a codo a escuchar una historia, y me ha hecho preguntarme porque he estado tan empeñada en producir historias para este formato tan especial. Claramente la mayor parte de la gente no ve películas en el cine, sobre todo ahora.

Tal vez porque una parte de mi ha sentido que mi valor como persona va ligado a ese título de cineasta, que nunca he llevado de forma cómoda, como si no me quedara, como si fuera una impostora en ese título. Artista sí, cineasta ya no sé ni que significa.

Quiero que mis historias le lleguen a la gente, la inspiren, le hagan sentir que también hay bondad en el mundo, que esta permitido soñar, porque nuestros sueños si se hacen realidad. Si para que la gente las vea tengo que moverme a otra plataforma que me hace esto? ¿Hace que haya fallado en mi propósito de ser cineasta? O tal vez hay que actualizar el concepto, que las historias ahora se contarán en tantos medios diferentes, en un comercial, en 5 segundos de contenido en instagram, en una serie en YouTube. Me gusta el termino Storyteller, siento que me hace más justicia, aunque no hay un equivalente en español, cuenta cuentos, o como nos llamarán.

Solo quiero seguir contando estas historias, y tal vez por ahora tenga que dejar de pensar que serán vistos en el cine y eso no significará que me haya rendido, que haya tirado la toalla, solo significa que tengo que evolucionar.

 

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Si pudiera inspirarte, solo a ti

Si pudiera inspirar a una sola persona, si una sola persona fuera por sus sueños gracias a que yo estoy compartiendo las historias de otras mujeres, y a la vez la mía, si solo te pudiera inspirar a ti, que estás leyendo este texto a ser todo lo que puedes ser, a darte la oportunidad de mirarte de verdad, y escuchar tu voz, sería suficiente.

Han sido unos días extraños, ya perdi la cuenta de las semanas que vamos en cuarentena, y una pesadez se había apoderado de mi, pero el universo, Dios, me mandó una mensajera, que me hizo recordar que aunque no me doy cuenta, todo lo que hacemos tiene un efecto, que nuestros pequeños actos de bondad no pasan desapercibidos.

Pude ver como apoyar a una sola mujer, apoyarla en sus sueños, tratarla con dignidad, decirle que es su derecho ser tratada con respeto, y empoderarla a decir no, puede cambiar su forma de pensar, de actuar, puede inspirarla a verse como más, puede hacerle pensar que sí puede.

La señora que me ayuda con la limpieza vino a mi vida a ayudarme en muchos aspectos, he intentado darle consejos, apoyarla, darle un lugar de trabajo al que quiera regresar, hacerla sentir valorada, y ayudarla de la mejor forma posible en estos momentos difíciles. Ella a cambio me ha mostrado su crecimiento, me cuenta como ya no deja que abusen de ella, me cuenta de sus sueños, me dice que se acuerda de mi cuando tiene una conversación importante con un empleador, me dice que tiene nuevas ideas, y a la vez ella está hablando con sus amigas, las que se quedaron sin trabajo en el sector hotelero, me cuenta que está haciéndoles las mismas preguntas que yo le hice a ella alguna vez.

Algo en mi corazón se llena de orgullo, porque a pesar de todo, aunque parece que todo está quieto, mucho está sucediendo, y yo soy parte de ese cambio positivo, soy parte de inspirar, de apoyar, estoy feliz y lloro por esto, lloro de pensar que mis palabras, que lo que mi mamá me dijo, lo que otras mujeres me inspiraron puedo ahora yo también dárselo a otras mujeres, y que estas mujeres lo llevarán a otras y sí, un día cambiaremos el mundo.

Si pudiera solo inspirarte a ti, creo que de a poco vamos cambiando el mundo, tu historia, y mi historia cambian al mundo.

Es por esto que no me puedo rendir, no me puedo rendir, porque importa.