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El tercer año

Apenas vamos empezando este verano, apenas vamos empezando este tercer año en Guadalajara. Desde que llegué han pasado tantas cosas, teníamos tantos planes para nuestra vida en esta nueva ciudad.

Todos esos planes apenas iban tomando forma, apenas íbamos agarrando viento jalisciense, inspirados por tantas cosas maravillosas que se han hecho desde este lugar del mundo.

Guadalajara es una ciudad vibrante, emocionante, a veces se siente pequeña, a veces se siente grande. Es todo, y más, lo que imaginábamos. No vamos a mentir, venir aquí fue una gran idea…

La pandemia nos pegó con fuerza a mi, a mi familia, a mi negocio que tímidamente salía al mundo. No supe detenerme y reboté, alto, me dije que mientras existiera el internet, en este mundo virtual podía existir también mi trabajo y mi creatividad.

No estaba equivocada, y me lancé como si mi vida dependiera de ello a publicar las historias de mujeres creativas en mi canal de YouTube, ahí concentré mi energía creativa, mis anhelos, mis sueños, todo lo que tenía para dar. Fue mi terapia, mi escape, la razón por la que no perdí la cabeza encerrada tantos meses.

Mi esposo que trabajaba para Disney tuvo de pronto tiempo para poner a prueba una idea que traíamos hace tiempo. Pictolaria, un sitio donde le daríamos contenido y herramientas a la gente para manejar sus redes sociales.

No paramos, seguimos creando, seguimos soñando, todo parecía derrumbarse, nos encerraron meses, que parecieron como un hueco en el espacio tiempo donde vivíamos el mismo día una y otra vez. En esa rutina, donde no pasaba nada, pasó mucho.

De pronto ya no necesitaba salir a ningún lado, de pronto había creado un negocio que podía sobrevivir dentro de las 4 paredes de mi casa, con la única ventana al mundo siendo el internet.

Yo que siempre me había tragado esa idea de que lo que necesitaba para poder hacer lo que quería era encontrar el lugar con la mezcla perfecta para poder tener éxito. De pronto me había convertido en una emprendedora digital, de pronto mi estilo de vida nómada no era una complicación, era posible. Poder trabajar desde cualquier lugar del mundo.

No era tal vez eso lo que realmente había añorado desde que mi esposo tomo su primer trabajo remoto y entendí que lo que significaba. Pero si no hubiera sido por este doloroso proceso de la pandemia, nunca me hubiera realmente dado la oportunidad de ser esta persona.

Libre, ese tal vez sea el mayor valor de mi vida, poder ser quien necesito ser en ese momento. Ser creativa, ser esposa, ser hija, ser amiga, ser miembro de la comunidad.

Ahora todo esto se ve posible, realmente posible, con el lanzamiento este año de Pictolaria todo se volvió real, se volvió también obvio que va a tomar más que unos meses de trabajo convertir esta idea en un negocio viable, pero veo el camino frente a mi.

Lo que debo caminar es largo, pero estoy emocionada, emocionada de seguir contando las historias de estas mujeres en YouTube, o en mi propia plataforma tal vez (hay más ideas cocinándoselo en el estudio creativo), de saber que estoy construyendo algo que me puedo llevar en mi maleta, y que se hará cada vez más rico porque soy quien soy, que será mejor porque cada viaje encontrará nuevas historias, nuevas fotos que tomar, y que esto es lo que realmente necesitaba en mi vida.

No crecer y sentar raíces, sino abrir mis alas y volar, aceptar que un solo lugar nunca será suficiente porque la emoción de descubrir una nueva ciudad nunca me dejará, y eso no es malo. No quiero aprender a vivir como la mayor parte de la gente, eso me aburre, y me hace sentir claustrofóbica. Esa simplemente nunca seré yo.

En vez de eso la pandemia me despejó el camino, me enseño lo que necesitaba, brutalmente, me desnudo, me dejó tan vulnerable, pero no había otra ruta, de verdad no pienso que la había.

Se necesitaba que el mundo como lo conocía se acabara para que mi forma de ver el mundo cambiara tan radicalmente y pudiera emerger esta otra Cyndi, más fuerte, más flexible, más honesta, más determinada que nunca a hacer que la vida funcione para mi y no caer en las trampas de lo que la sociedad nos impone.

Ustedes no lo saben pero este barco ya sarpó nuevamente, y me lleva a un lugar inesperado, pero no como última parada, sin esperar nada más que la promesa de que solo es el inicio en una vida que voy a construir una historia a la vez.

Mientras seguiré escribiendo en este lugar, como desde hace años, contándoles mis aventuras porque por fin entiendo que esto que hago tiene un valor, imperfecto y maravilloso como es.

Espero que me acompañes.

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No fotógrafos y las redes sociales

Mi curso de fotografía para redes sociales es por mucho mi curso más pedido y el que más veces he dado. A pesar de que las redes sociales existen desde hace ya algún tiempo la gente sigue necesitando aprender a comunicar sus ideas a través de imágenes, y gracias a que ahora todos tenemos una cámara en nuestro bolsillo (hola celulares) pensamos que no toma mucho crear ese contenido que vemos en cuentas de influencers que admiramos.

Foto de nuestra plataforma PICTOLARIA. Tomó 3 horas la sesión de fotos.

La verdad es que tener una cámara en la mano no nos hace fotógrafos, la otra gran verdad es que detrás de todas esas fotos que según dicen toman en momentos “espontáneos de la vida” son altamente planeadas, tienen detrás de la cámara (normalmente una cámara profesional o semi profesional) una persona experimentada en fotografía y alguien que ha ensayado durante años poses y como verse lo mejor posible en una foto.

Sí esa foto que parece que tomó dos segundos tomar, tomó años de preparación, días de pensar en los detalles, y a veces horas de edición en un programa de fotografía.

Foto tomada con lente macro (costo aproximado del lente 899 dólares)

Claro, a veces hay gente que toma una gran fotografía por suerte, con un celular, pero la mayor parte del tiempo, aún la gente que usa su celular para llenar sus redes sociales, no son personas que a la primera tomaron buenas fotos. Porque la cámara de tu celular es como cualquier otra cámara, es una herramienta a la que le puedes sacar provecho si sabes cómo.

Fotos editadas en Photoshop, tomamos ese día más de 100 imágenes. Detrás había gente que eliminamos en post producción.

Quiero desmitificar esto, porque mientras más doy mi curso, me doy cuenta que cada año la gente tiene estas expectativas ridículas de que un curso, un taller, 3 días de practicar con su celular van a darles los mismos resultados que un profesional que ha pasado años perfeccionando su arte.

Intento todo el tiempo mencionarlo, pero a veces dudo si el mensaje llega. Para tomar buenas fotos se necesitan dos cosas: práctica y tiempo. Mientras más fotos malas tomemos más cerca estamos de las fotos buenas.

Mi clase de fotografía es una clase que está diseñada para generar esa curiosidad, para darles herramientas bases, para enseñarles a mirar el mundo con los ojos de un fotógrafo. Les doy tips para hacer sus fotografías mejores con pasos sencillos, pero de ninguna forma es una cura mágica o un remplazo a contratar a un fotógrafo profesional.

La verdad es que si no quieren invertirle el tiempo que requiere convertirse en un fotógrafo, es mejor que le paguen a alguien que sí está apasionado por hacer fotografías o pagar por un servicio como Pictolaria con fotos listas, para que se puedan concentrar en lo que son realmente buenos y buenas. No hay NADA de malo con eso. No hay porque ser buenos en todo.

La calidad cuesta y es algo de lo que también nos hemos olvidado en el mundo de las redes sociales. Quieres un trabajo bien hecho, tomate el tiempo de hacerlo, o no tengas expectativas ridículas, y si no te sale, no te gusta o no puedes, no tengas miedo de pedir ayuda.

Otro hecho es que a veces las fotografías menos pulidas pueden ser una ventaja porque la gente siente que estamos siendo más auténticos y eso puede aumentar la confianza en nuestra marca, para eso han funcionado muy bien las redes sociales, para hacer más humanas a las marcas que se ven perfectas e inalcanzables. Snapchat explotó eso al máximo y luego Instagram copio esta fórmula.

Si las redes sociales más visuales no son lo tuyo, hay alternativas. Podcasts, e-mail marketing (funciona todavía), o las redes sociales de la vida real en la que interactuas con la gente (eso ya va a volver).

No es necesario que todos seamos fotógrafos aunque nos hayan hecho creer lo contrario.

Desde el satélite de Venus, cambio y fuera.

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1 año en pandemia

¿Qué sucedería si todos tuvieramos durante un año que enfrentarnos a nosotros mismos?

¿Qué sucedería si tuvieramos que poner en la balanza lo que es realmente importante?

365 días en aislamiento social. 365 días, sus horas y minutos para dejar de mirar hacia afuera y mirar hacia adentro.

Este espejo que ha sido la pandemia, es como un accidente de auto, de esos que nadie ve venir, de pronto estábamos ya en la mitad de la colisión, las piezas de nuestras vidas volando, caemos, y luego antes de que podamos hacer sentido de nada, un nuevo choque, y así durante incontables días.

1 año en pandemia, mi cuerpo no es el mismo, mi cabello adelgazó, se cayó, volvió a crecer, perdí peso, lo gané, lo volví a perder. Mis músculos se fortalecieron, mis pulmones se sienten más sanos. Me duele todo a veces, y no sé porque.

La vida antes de la pandemia ya no existe, los planes, los sueños, todo ha quedado postergado, cancelado. Nos ha quedado este silencio dentro de las paredes de nuestras casas, las fiestas que ya no serán, los abrazos que tenemos que imaginar a través de videollamadas.

Aprendimos a encajar nuestra vida dentro de nuestros hogares, que se volvieron prisiones y santuarios, refugios para unos, lugares peligrosos para otros. Nos vimos claros en nuestros privilegios, porque quedarse en casa en medio de una pandemia es un privilegio.

El mundo de afuera parece que sigue igual, los pájaros siguen cantando, el sol sale y se oculta, en los peores días las calles estuvieron vacías, en otros momentos el movimiento volvía a la ciudad.

De pronto vivir lejos de mi familia se volvió intolerable, la paranoia me empezó a carcomer los rincones más luminosos de mi alma, hasta que solo quedo un vacío y una tristeza tan vasta que no alcanzaba a ver el final.

He sonreído poco, he pasado horas mirando el blanco del techo de mi habitación, intentando procesar la incertidumbre, intentando que mis ojos no se sequen frente a una pantalla.

La casa se lleno de plantas: suculenta, lima-limón, bugavilla, montsera, horquídea, cáctus, nochebuena. Los perros fueron felices, los paseos diarios se volvieron un paréntesis para salir de casa. A veces conversar con otros paseadores de perros, a veces sentarnos sobre el pasto húmedo y mirar las estrellas.

El roomate se convirtió en todo el universo, nos conocimos más, nos reconocimos en nuestros miedos y en nuestros sueños. Nos abrazamos en la cama y nos apretamos tanto para no dejar que la soledad se colara.

No pasa nada, pero la vida ha continuado, descubrí que soy más que mi título, mire honestamente a mi vida, descubrí que lo que tanto quería venía de un lugar de baja autoestima, que había buscado durante demasiado tiempo las respuestas afuera, cuando todo estaba en mi interior.

Empecé a preguntarme el sentido de los últimos 10 años. Encontré a la niña perdida, encontré de nuevo esa sensibilidad que había enterrado. Dejé de empujarme a los límites, y bajé las armas. Dejé de pelear y empecé a confiar.

Me abracé a los pequeños milagros de la existencia, y la calma llegó como llega un amigo al que no has visto en mucho tiempo. Respiré, medité y le di pausa a mis pensamientos.

Un año en pandemia para entender que la relación más importante es la que tengo conmigo misma, que mi potencial está intacto, que mis sueños siguen vivos, que los pensamientos destruyen más rápido que cualquier virus. Un año para unir el corazón y la mente, el conocimiento y la intuición, para escuchar mi sabiduría interna.

He recogido las piezas de mi vida, y celebro hoy que sigo aquí.

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Desvestir el alma

¿Alguna vez has tenido una conversación con alguien y te has sentido conectado, como si esta persona te viera? y no solo en el sentido de la vista, sino en el sentido de entenderte como persona, mirar más allá de las apariencias, más allá de tus inseguridades. ¿Has sentido alguna vez que alguien puede ver quien eres realmente?

No hay mucha gente que me haya hecho sentir así, de hecho creo que podría contarlas con los dedos de la mano. A veces esa sensación es algo que se desarrolla, pero la mayor parte de las veces es casi instantáneo.

Ser realmente visto por otro ser humanos, tiene que ser una de las cosas más especiales porque sabemos que aunque intentemos ocultarnos no podremos, porque esa otra persona sabe, de alguna forma, cuando estamos siendo auténticos y cuando no.

He pensado mucho en esto y como por alguna razón, parece que yo le he hecho sentir esto a algunas personas, más de una vez me han dicho, no se porque pero siento que puedo contarte esto, o tienes algo que me hace confiar en ti, aunque yo se que nos conocemos poco.

Desde niña fui muy sensible, también era una niña entre extrovertida e introvertida. Disfruto mucho la compañía de la gente, y tal vez la vida de gitana me hizo aprender a escuchar y adaptarme, solo sé que si he notado esta cualidad de poder ver a la gente, no a todos claro, y no siempre.

Tal vez empezó cuando empecé a retratar a mujeres, mi maestra fue la maravillosa Sue Bryce, tomé todos sus cursos de Creative Live y de ella aprendí que para hacer un retrato a veces necesitamos ver la belleza que ni los mismos clientes ven.

Empecé a entrenar mis ojos (y tal vez mi espíritu) para poder contar en un fotograma la historia de una persona. La gente ha llorado frente a mi cámara, la gente se muere de la pena, se muere de la risa, quieren esconderse, pero finalmente se rinden, finalmente se abren, y me muestran aunque sea por un segundo su verdadero yo. Es una experiencia hermosa.

Hoy pienso si tal vez no debería hacer algo con esta cualidad que poseo, este entrenamiento en mirar a la gente. Esa misma magia de un retrato llevarla a otro nivel….

¿Y tú has sentido que alguien te haya desvestido el alma?

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Formas de vivir en un país violento

En las últimas semanas han pasado tantas cosas, algunas muy buenas, tanto que a veces me sorprende que sea mi vida, otras que me hacen preguntarme que demonios estaba pensando.

Hace poco tuve una conversación poco placentera con alguien sobre la violencia en México, estaba nerviosa por algunos sucesos reciente en Guadalajara, y me sentía vulnerable. Cuando iba para mi casa me sentí como si algo se me hubiera muerto por dentro, la esperanza de que vería un México mejor, si no libre de violencia, con menos impunidad. Pero escuchar de alguien que debería de estar sensibilizada con la violencia decirme “ah si los narcos”, como si nada fue como un puñetazo en el estómago.

Nunca puedo hablar de este tema con mis amigos mexicanos, cada vez que toco el tema, por alguna razón hay una sensación de que estamos hablando de algo tabú, es un tema incómodo. Nadie quiere admitir el elefante en el cuarto, que vivir en México es un laberinto en el que nunca sabes en quién confiar. Las pocas personas que han podido hablar conmigo abiertamente del tema me han dicho que se irían del país (y que sí podía irme que me fuera).

Verónica Calderón periodista mexicana dijo algo sobre el coronavirus que me pareció describía muy bien como me siento viviendo en México.

“La mezcla de desamparo, indignación, desconcierto, angustia, cansancio, tristeza y algo de esperanza de todos los días es muy difícil de definir.”

Ella hablaba del Coronavirus, pero para mi va más allá del virus.

Vine a México con tantos sueños, con tantas ganas de conocer mi país, a esta cultura que aprendí de forma remota, tenía tantas ganas de conocer a esa familia lejana, de visitar el pueblo de la niñez de mi mamá. Quería visitar la casa de la familia en Chicontepec, Veracruz. Quería hacer cine con toda la gente creativa increíble, quería ser más mexicana.

Hoy ya no sé que hago aquí, hay días en que no quiero salir de casa, y no es por la pandemia, hay momentos en que camino por la calle, escucho un ruido y mi corazón se para pensando que son balazos. Veo a la gente vivir su vida como si nada sucediera y no entiendo que sucede, porque no hacemos nada. Yo no hago nada.

Tal vez siento como ellos que no puedo hacer nada, tal vez tienen miedo de la represión del gobierno o de cualquier otro grupo que vea amenazados sus intereses; la gente desaparece en este país y nadie hace nada, ¿qué pasaría si yo salgo a protestar y no regreso? No pasaría nada. Sería una estadística más que a nadie le duele.

Vemos a los familiares de las víctimas de la violencia por las calles protestando con un cartel que lleva la foto de esa persona que perdieron y por un momento recordamos que las cosas no están bien, pero es demasiado doloroso, y simplemente los olvidamos.

Los enterramos con todas las otras tragedias del mundo y nos convencemos de que andaban en malos pasos, que eran personas malas o que simplemente les tocaba.

Hay gente en la Ciudad de México se queja porque hay otra marcha y llegarán tarde a casa o al trabajo, como si pensaran que sus protestas son poco válidas.

Por mi parte he llegado a la conclusión de que vivir en México tiene cada vez menos sentido porque yo no quiero también normalizar la violencia, no quiero que me deje de doler.

Me pasé días leyendo sobre este tema, y aunque se ha estudiado poco empezamos a ver que si hay efectos para la población en general de vivir en esta situación.

Aún así salgo a pasear a mis perros y me digo que tal vez las cosas no están tan mal (el país sigue funcionando no?) y pretendo (como buena mexicana tal vez) que yo sí estoy segura.

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Tengo la vida

Tanto planear, tanto planear y la vida solo sucede, no es posible a veces anticipar ni siquiera las próximas dos semanas. 

Este es un comportamiento atípico me dicen, pero no es todo ya atípico y no deberíamos de estar más acostumbrados a eso, aunque a quien estamos engañando, siempre ha sido así, tenemos un sentido de normalidad que cada quien ve de una forma diferente, la diferencia, la más clara es que habían ciertas construcciones sociales que nos dan paz, el calendario, la semana laboral, los días festivos, el horario de oficina, el horario de verano y el de invierno. Nada nos da seguridad real, solo dicta lo que debemos de hacer, pero de pronto nada de eso importa porque todos estamos en nuestros barcos navegando a la deriva y nos toca ponerle norte, o sur o lo que sea…. 

De pronto podemos diseñar nuestros días, nuestras horas, todos los días pueden ser una oportunidad para explorar una nueva versión de nosotros mismos, y eso asusta. 

No sé quien soy. 

Sé que existo, y en lugar de ponerme metas, pongo deseos en el universo y despierto todos los días sin saber si tendré que reinventarme una vez más. 

Cuando te quitan los títulos, cuando tu trabajo no te define, cuando las obligaciones familiares desaparecen y las amistades quedan en pausa, ¿quién eres?

Tal vez soy solo un ser humano experimentando esta realidad, me centro en la sensación de la alfombra bajo mis pies mientras miro el amanecer, la vida se vuelve acariciar el cabello de mi esposo en la luz tenue de la mañana, se vuelve una búsqueda por algo que me haga sentir viva, un café caliente, pero no demasiado, para poder dormir, porque concebir el sueño se ha vuelto difícil. 

Despertarse y continuar a veces es tan dificil. A veces quiero que alguien me diga que lo que sea que estoy haciendo es para algo, que algo tiene sentido. 

Nada tiene sentido. 

Pero tengo una canción en mis oídos que me hace bailar, tengo las llamadas con mi mamá, tengo mis manos para pintar, tengo mis ojos que pueden distinguir los colores del atardecer, tengo las paradas de manos para sentirme libre, tengo el sonido de mi respiración que se parece al oceano. 

Tengo la vida. 

Estoy intentando vivirla, lo mejor que puedo aunque a veces duele, aunque a veces no sé lo que estoy haciendo. 

La mita del tiempo solo estoy adivinando que hacer. 

Sueños con un día lograr algo, ser algo, aunque ya no sé ni que. 

¿Para que vives? 

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Sueños de otro tiempo

Cuando empezó este año lo tenía clarísimo, tenía un plan para finalmente meterme de lleno en la industria del cine y darme la oportunidad de ir detrás de ese sueño de una vez por todas con todas las de la ley. No más ser tímidamente guionista, no más esconderme detrás de otro trabajo. No, este iba a ser mi año de cineasta.

Bueno todos sabemos que la historia de este 2020 no terminó como hubiéramos querido, de hecho ni siquiera llegamos al primer trimestre y ya todo se había derrumbado.

A finales de este año en contraste no tengo idea de cual es ese sueño que estoy siguiendo, más bien ahora solo tengo una filosofía de vida a la que he llegado después de meses de intentar controlar algo y darme cuenta que no puedo planear ni dos semanas.

Esta filosofía de vida se basa en 3 cosas:

  1. Haz lo que se siente bien.
  2. Me merezco estar bien y tener lo que deseo.
  3. Estar contenta con el presente está bien y no necesito ser más. Soy suficiente ya.

Estos 3 puntos estoy segura aparecen en miles de libros de autoayuda, y el internet está lleno de frases, citas e información para llegar a la iluminación. Sin embargo también está llena de una mentalidad de trabaja duro y lograrás el éxito, o solo necesitas tomar acción para ver resultados, etc.

Volviendo a inicios del año, mi año del cine se vino abajo en marzo, una semana antes de participar por primera vez con mi pase de industria en el Festival de Cine de Guadalajara.

Después de pasar meses frustrada por no poder avanzar con ninguno de los planes que había hecho, este mes pensando en planear mi 2021 me di cuenta que no tenía nada de ganas de regresar a los mismos proyectos, de intentar resetear el 2020 y volverlo a intentar en el 2021.

Todo ha cambiado demasiado, yo he cambiado. Me pregunté si se sentía bien ir por esos proyectos, y la respuesta fue un tímido no. Ok, no es que no quiera contar historias, no es que no me guste la idea de hacer cine, pero simplemente no tengo la energía para ir por esa ballena blanca.

Una ballena blanca, boom, si, hacer cine ha sido mi ballena blanca, pero y aquí es cuando se pone interesante la cosa, a la vez no. Por primera vez desde que hace 15 años me propuse hacer cine, me di a la tarea de analizar lo que estaba persiguiendo con tanto empeño.

Me di cuenta que mi idea de tener éxito era totalmente imprecisa, claro tenía esta noción de que iba a hacer películas y contar historias, pero que iba a definir que fuera exitosa o no, era algo que no había definido.

Cuando empecé a estudiar cine, la meta era obvia, terminar la carrera, después de eso fue encontrar un trabajo en la industria, pero los años pasaron y no encontré nunca ese trabajo deseado, encontré trabajos, pero ninguno que llenara mis ansias creativas, y emprendí un camino de hacer cine de forma independiente.

Entonces empecé a escribir mis propios guiones, y a producirlos, abrí un canal de Youtube, vendí mis guiones, trabaje produciendo, y si hice mi primer cortometraje como directora y guionista y lo mostré a un público nada despreciable.

Nada de estos logros parecían importar a inicios de este año, ante mis ojos nada de eso contaba, ¿por qué? Porque no tenía una meta clara. Probablemente haberme detenido fue una bendición, de otra forma tal vez hubiera seguido el camino, me hubiera empujado, cada vez más, sin saber exactamente a donde iba, buscando entrar a festivales, obtener financiamiento, producir proyectos más grandes y más grandes, mientras tanto siempre hubiera estado haciendo “muy poco”, o nunca hubiera sido suficiente en mi mente.

Sé que una gran parte de mi simplemente quería ser aceptada como parte de la industria, pero ni siquiera ahora sé que significa eso. ¿Significa premios en festivales, o una cantidad de producciones a mi nombre, o simplemente que la gente viera mis creaciones?

Cuando deje ir ese sueño, me sentí triste, pero estoy tan exhausta de empujarme al limite todo el tiempo, que la verdad estaba también aliviada.

Ahora miro el futuro, y sé que tengo un emprendimiento que quiero sacar adelante, y quiero continuar entrevistando mujeres increíbles y creativas para Youtube.

Me cuesta pensar que este es el fin de mi historia haciendo cine, pero honestamente ya no me importa a donde vaya, si se detiene un año o 20 o si queda como algo que me enseño mucho de la vida.

Lo importante ahora es disfrutar la vida, no más sacrificar hoy para después disfrutar. Tal vez la lección más importante de este año es que la vida es hoy y ahora y hay que disfrutarla lo mejor que podamos.

Desde el satélite de Venus, cambio y fuera.

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Liberarse de lo superfluo

Sientes que estas harto de todo, harto de las pantallas, de ir al mismo lugar, ver a los mismos convivientes (aunque los amas con locura), harto de sentirte que vives el mismo maldito día todos los días y nada sucede.

Si así me he sentido, y lastimosamente la falta de cosas por las que emocionarse últimamente me han llevado a consumir demasiado de lo que hay disponible, televisión, redes sociales, libros, comida, y sí, lo que pueda comprar en línea.

Pero esto me ha dejado con un vacío, de otro tipo, un vacío de propósito, y ahora necesito hacer borrón y cuenta nueva, desintoxicarme digitalmente, mentalmente, dejar de consumir, tanto.

Claramente no voy a dejar de comprar comida, y acabo de pedir cortadores para galletas navideñas (si eres amigo mío espera galletas de regalo navideño) pero tengo esta necesidad de deshacerme de todo lo que no me haga feliz. Hacerle al estilo de vida Marie Kondo, y solo quedarme con aquello que me haga feliz, que me haga sentir viva, y puedo asegurarles que son pocas las cosas que me hacen sentir así ahora.

Tengo ganas de no comprar cosas superfluas, tengo ganas de comer solo cosas que me hagan sentir ligera y vital, quiero sentirme viva otra vez, quiero sentir que aunque no parece que pasa nada, yo estoy viva.

Por ahora no puedo decir que me emociona el 2021, me da ansiedad mirar al futuro, y me da aburrimiento pensar en otro año como este….

Supongo que nos queda buscar nuevas formas de vida, de compartir y estar cerca, de a pesar de todo estar ahí los unos para los otros.

Tengo un vacío de abrazos y de besos, de risas compartidas, este año no he reído lo suficiente. Tengo un vacío que no logro llenar con nada más que con la voz de mi mamá.

¿Qué nos queda?

Nos quedan nuestros sueños, nos queda volverlos a abrazar, decirles que aunque este año estuvieron en pausa, si encontraremos una forma, tenemos que hacerlo.

El próximo año es el año de triunfar, lo sé. Tengo que creer en eso. Tengo que tener esperanza.

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El aire bajo mis alas, fluir con la energía.

No eres lo suficientemente buena, esta idea es demasiado grande para ti, ¿quién eres tu para atreverte a tanto?

Estaba paralizada, aterrada, quería tirar la toalla, la tire, apenas intentar, sentada frente a ese nuevo precipicio de una nueva vida, esa nueva vida requería que fuera valiente. La valentía me había dejado. Tantas cicatrices de mis caídas me recordaban amargamente que a veces la vida no es tan amable conmigo, pero a la vez aquí estaba de nuevo, al borde. Al borde no se puede uno andar con medias tintas. Hay que dar ese paso, o no darlo, solo hay dos opciones. Me veía en caída libre, sin paracaídas, y no quería una cicatriz más.

Pero este nuevo proyecto, esta idea, me estaba llamando, esta idea había nacido de años de cosechar cicatrices. Años de intentar y fallar, años de que no cuajaran las ideas. Esta idea, más grande que el mundo, esta idea se sentía inevitable, se siente, me corrijo, como parte de mi destino. Yo pensaba que estaba al borde del abismo, pero la verdad es que ya estaba en el aire, cayendo a miles de kilómetros, y alguien en mi oreja me decía estas lista, abre tus alas, confía en ti.

Entonces decidí ayer por la noche, que no importaba si había una próxima cicatriz, lo que importaba es a donde me llevará este camino, lo importante es darme la oportunidad de disfrutar la vista, de abrir mis alas y agarrar viento, dejar esta energía fluir y dejarme ser.

Decidí que hacer esto no era imposible para mi, era simplemente mi camino y mi destino, que yo era un canal que recibía esta inspiración y que tenía que honrarla, tenía que darme, dejarme, abrirme toda.

Después de meses de miedo paralizante, de mini ataques de pánico, de ansiedad y nudos en la boca del estómago, lo solté todo, porque no solo soy un flujo de energía, solo soy un instrumento, y me lo estoy haciendo demasiado difícil, cuando todo lo que necesito hacer es estar presente en el momento y aceptar que soy un canal que recibe.

Dejar de preocuparme por la calidad, y solo producir. Suspender el juicio.

Les digo a mis alumnos que lo único que pueden hacer mal es no intentar, que fallar es parte del proceso, pero que doloroso es a veces eso. Sin embargo no estoy fallando ahora, estoy triunfando, estoy triunfando y voy a disfrutar esta sensación de que por fin mis alas agarraron aire y tengo esta sensación de ser invencible, por lo menos hoy.

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Nos quedan las pequeñas cosas

Esta semana empecé a dar clases de un laboratorio de creatividad, concepto y estrategia, y mientras preparaba las clases pensaba en el poco valor que durante años le di a mi niña interior, a los intereses que tenía entonces, a las experiencias que había vivido. Quería que mis alumnos exploraran su propia historia.

¿Qué hace a una buena anécdota, una buena historia? Son los pequeños detalles, las texturas, el sonido del viento en el páramo, un cielo estrellado, sentarse en el parque con tus amigas y reír.

Son las pequeñas cosas las que hacen de la vida algo increíble, sé ahora que he hecho bien en gastar mi dinero en vivir, en explorar el mundo, en ir a conciertos, museos, en cosas que me ayuden a crear.

Cuando pienso en mi vida pienso en esos pequeños momentos en que me sentí viva. Recuerdo caminar con mi mamá, mi hermano y mis vecinos por caminos de tierra en el oriente en Ecuador y ver a mi mamá recoger piedrecitas bonitas. Recuerdo sentarme en el patio de mi casa y tomar café un domingo sin prisa. Recuerdo estar parada frente al arco lista para patear el penal en el parque de mi urbanización con mis amigos (todos hombres) y escuchar como me gritaban que no matará al portero (tenía reputación de pegarles con la pelota en lugares sensibles). Recuerdo estar acostada en el pasto con mis amigas y saber que esto era la amistad, poder acompañarnos, estar juntas y no tener siquiera que conversar. Recuerdo ir en biclicleta en Alemania a mi trabajo y sentir el viento mientras pedaleaba. Recuerdo mi nariz congelada por el frío del invierno y maravillarme con los árboles desnudos sin hojas. Recuerdo el olor de la ciudad de México, bajarme del avión y sentirme de vuelta en un lugar feliz.

La vida es esto que nos pasa ahora, es el sabor de la fruta madura, y el sudor cayendo por tu frente mientras haces ejercicio. Es sentarte frente a la tele y poner tu película favorita mientras comes algo que te encanta. Es mirarte en el espejo por la mañana y saber que tienes otro día más de vida.

No terminamos de apreciar las pequeñas cosas, esperando las cosas grandes, llegar a esas metas, olvidando saborear el momento, sentir intensamente ahora, porque las metas cambian, tu planeas y el universo hace lo que se le da la gana.

Al final las pequeñas cosas, son las cosas que hacen que la vida valga la pena vivir.

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